domingo, 8 de enero de 2012

La historia, toda.



Antonio Sécolo cumplió 90 el 1º de enero.
Quisimos esperar hasta ese momento para difundir esta tarea que resume su texto vital. Tenemos el privilegio de poder publicarlo, aceptados los ajustes de los que se encargó el animoso pugliese (bahiense por adopción).
Lo que sigue cuenta las peripecias vividas sobre el final de la segunda guerra, cuando fue convocado a sumarse a las vencidas fuerzas del Duce, en el norte africano.



Alejandría

 Fui uno de los sobrevivientes de Takrouna. Desarmados, nos llevaron en fila hasta el vado de lo que podría ser un río seco. Estábamos agotados. Moral. Físicamente.

Desde lo que era un campamento con cientos de vehículos y tanques, nos retuvieron largo rato hasta llenar los camiones que nos acercarían a Alejandría.  El viaje fue largo y terminamos en un campo de concentración.

Nos aprovechamos de unos tambores con desechos de comida y pudimos apaciguar el hambre. Al poco tiempo encontramos en qué distraernos: jugábamos a quién se sacaba más cantidad de piojos. El ganador agregaba un cigarrillo a los cuatro que nos daban diariamente. Fuera de las grandes carpas, la arena blanca, enceguecedora y caliente, parecía ser el condimento infaltable del magro alimento.

El contacto principal con los ingleses era el de cada mañana, en que nos disponían uno al lado de otro para contarnos.

Llegó un día en que nos separaban de a uno por diez y nos cargaron en camiones. Arribamos a la estación ferroviaria. Me incomodó el estar con el uniforme andrajoso que ya casi no tenía pantalón, salvo dos partes de éste cosidas con alambre.  Partimos hacia El Cairo.

No sabría explicar la sensación agradable que me produjo el acomodarme en un vagón que casi enseguida se llenó de pasajeros comunes. Algo me recordó a  Maglie. Enfrente mío se sentó una mujer muy parecida a Mamma. Me llenó de vida la sonrisa que se dibujó en ella. Pidió permiso para obsequiarme unas galletitas. Ese gesto fue imborrable.

Luego de varias horas llegamos a la capital egipcia. Nos pasaron a camiones para conducirnos a una zona edificada. Había grandes salas con catres individuales. Las paredes mostraban centenares de nombres.

Pasados unos días, los ingleses se llevaron bruscamente a dos compañeros. No los volvimos a ver.

A la mañana siguiente nos sorprendieron gritos y disparos. Eso se repitió, por parejas. Cuando me tocó, nos llevaron por pasillos separados. Hubiéramos podido hablarnos, pero nos reprimían con golpes de culata al intentar hacerlo. Una hora después me sentaron frente a un oficial británico que, en perfecto italiano comenzó a interrogarme. Había dispuesto sobre su mesa papeles y una pistola automática. Comprendí que buscaba información. No pensaba contestarle. Y, menos, pasar por traidor.

Pude esquivar el riesgo al hacerle creer que era un campesino que acababa de conocer lo que era un tren. Llamó a un soldado. Al rato me dieron un uniforme nuevo y en la enfermería  me vacunaron.

Me reencontré con los compañeros que supuse muertos.

A los pocos días partimos hacia Gaza, donde hacíamos noche tras trabajar en galpones egipcios durante el día.



Palestina

Desde Gaza accedimos a un destacamento militar donde nos impusieron tareas diversas. Las jornadas eran muy extensas y el trato, malo. Estábamos a cargo de un teniente italiano, al que pedimos intercediera para obtener algo de respeto. Nunca se animó a pedirlo. Finalmente, una mañana ninguno de nosotros se presentó a trabajar. Los oficiales ingleses reclamaron la razón de nuestra actitud. Tras volver a fallar con nuestro interlocutor, que nunca se hizo del coraje para hablar, levanté mi mano y pedí comunicarme. Mi compatriota trató de frenarme, humillándome. Igualmente me animé a levantar la voz y pedir por un trato digno. Las cosas mejoraron algo a partir de ese momento.

Días después me llevaron hasta Lidda (hoy, Led). Ingresé a una cocina enorme para descargar alimentos,  cocinar y lavar platos y ollas.

Lo bueno es que a pesar de estar a órdenes de un militar inglés, se dio un clima de cordialidad (yo era el más joven) que ayudó a todos anímicamente. Había mejorado mucho la comida que nos tocaba diariamente. Hasta volvimos a la añorada pastasciutta dos veces por semana.

Recibía un módico sueldo, que ahorré para arreglarme la boca, dañada por golpes un tiempo atrás. Un dentista hebreo que hablaba algo de italiano hizo el trabajo a cambio de todo lo que había conseguido juntar. Teníamos permiso para alejarnos de la cocina una cierta distancia, que aproveché para encontrar al profesional.

No pasó mucho hasta que recibí una primera carta de mi familia. Pude contestarles. Creció en mí el afán de fugar.

No sabía ni los idiomas ni la geografía del entorno. El Mediterráneo me separaba de mis pagos. Decidido, procuré dinero comprando tabaco americano en la cantina y revendiéndolo a los árabes.



Había ligado un resfrío muy fuerte y traté de sacarle ventaja para alejarme de la cocina. El empecinamiento me costó tres días de calabozo, a pan y agua. Me reportó cambiar de trabajo: camarero de los suboficiales. La menor carga de esfuerzos me sirvió para la fuga.

Llegado el día elegido, superé la desconfianza de mi compañero de pieza. Tras el abrazo y merced a la oscuridad de la noche, busqué la salida.



EN FUGA

Caminé largo rato por la ruta hasta que enfrenté los faroles de un vehículo.

Un árabe que transportaba chatarra aceptó las 30 piastras y me permitió llegar a Yafo (actualmente anexada a Tel Aviv).


(Antonio es de la derecha, arriba)
Probé en varios hospedajes donde pasar la noche. Me rechazaban por falta de documentos. Finalmente, conseguí habitación compartida con otros tres ocupantes. Dormí vestido y totalmente tapado. Desperté tarde. El encargado ofreció acompañarme hasta la parada del colectivo que me condujera a Haifa. Actué con mucho sigilo durante todo el largo viaje, sentado cerca de la puerta de salida por si presentía riesgos.

El recorrido tenso y prolongado me dejó cerca del puerto. No dejé  de disfrutar esa aparente libertad.

Al entrar a una fonda me di cuenta que mis ahorros eran demasiado escasos. Pensé como distribuirlos mejor porque estaba fuertemente convencido y resuelto en mi escapada. Decidí comer algo una sola vez por día y dormir bajo una frondosa higuera en la cima del Carmel. El sueño me permitió recuperar energías. Los días los pasé entre y el puerto y la  fonda en procura de  información.

Por gentileza del sereno de un estacionamiento de ómnibus pude dormir dentro de un colectivo. Las noches ya eran frías.



EMBARCADO

Una mañana fue auspiciosa. Supe que un barco italiano proveniente de la India atracaría en Haifa. Además, ese día reconocí a un compañero de combate que tenía empleo en los alrededores de la ciudad. Me dio algo de comida y me deseó suerte, previendo el peligro que podría sobrevenir.

Días después, la nave finalmente amarró. Logré hacer contactos con marineros en la fonda y pedirles ayuda. Fracasé la primera vez. Quizá, porque no quisieron arriesgarse. Excitado por la presencia del barco y agotado por los esfuerzos para ser comprendido, logré que un tripulante me diera su apoyo. Improvisamos un disfraz de marinero para ingresar y poder pasar los controles. Era el cazatorpedos Velite.



Cuando aclaró me sorprendió ver prisioneros. Mario, quien me había apoyado para acceder al barco, me explicó que eran enfermos y que los británicos los devolvían a Italia.

Me sentí más tranquilo y seguro. Pero por la mañana siguiente se presentaron unos oficiales libro en mano para constatar la lista de prisioneros. Fuimos cuatro los que no aparecimos en la nómina.

Contrariamente a lo que hicieron los otros tres, implorando clemencia, traté de mantenerme estable. Pedí un cigarrillo a un compañero de Mario y adujendo ser uno de los enfermos pedí pasar al baño. Mi insistencia hizo que liberaran el paso y caminé hasta encontrar refugio en la proa, entre hierros y chapas. Ahí quedé apretujado todo el día, soportando la quemazón de los metales bajo el sol. Los marineros se apiadaban y me traían agua de a ratos.

Por la noche, al enfriarse las chapas, le pedí a Mario que encuentre otro escondite. No alcanzaba a terminar el reclamo cuando se acercaron al lugar, buscándome incesantemente. Me salvé porque cuando se aproximaron a mi refugio dijeron que sería imposible que alguien se metiera adonde yo sí estaba.

Los otros tres fuera de lista habían sido desembarcados.

Mario me alcanzó algo de comida y volví a pedirle que ubicara otro refugio. Cuando llegó el momento, Mario tiraba de mis piernas. Mi cuerpo no respondía, entumecido totalmente.

Me ubicaron sobre las cañerías de la sala de mando. Quedé de espalda, pudiendo mover sólo la cabeza. Los que sabían de mí acercaban agua y algo de comer.

Con el primer sol dejamos Haifa. Superamos Port Said, a la entrada del Canal de Suez. Nos acercamos al lago Amari, para detenernos. Iba al baño cuando los oficiales dejaban la sala, para alimentarse.

En un momento pude ver el majestuoso acorazado Littoria, de nuestra bandera.

Horas después amarramos en Alejandría. Escuché por el altavoz que llamaban a los prisioneros fugados. Dejé el escondite y me presenté ante los oficiales convocantes.

Me dieron cigarrillos y la identidad de un marinero que estaba de licencia. Tuve que memorizar todos los datos.

Seguimos viaje hasta acercarnos a Taranto, en la orilla del Jónico.



ITALIA MÍA

Ante los militares ingleses hice lucir mi falsa identidad. Fuimos a cenar, con Mario. Cuando llamaron a desembarcar me despedí de él, asegurándole mi infinito reconocimiento.

Nos subieron a un bote para aproximarnos a Taranto, en la Apulia.

Días más tarde me llamaron a presentarme en una oficina, fui dado de baja con una indemnización de once mil liras. No pude evitar sentirme rico.

Esa sensación comenzó a agotarse cuando choqué antes los precios del momento: al llegar a Lecce hice mi primer gasto, un café con leche por quince liras. Ahí perdí la sensación de millonario.

Enterado de que no había trenes a Maglie, opté por subirme a uno de carga hasta Zollino, a quince kilómetros de mi casa. Las horas parecían interminables.



Maglie estaba ocupada por soldados polacos. En plena plaza me encuentro con Papá y nos encaminamos jubilosos a ver al resto de la familia.

El reencuentro con Mamá y Pino fue inolvidable.

Los vecinos se acercaron a saludarme y se sumaron a lo que ya era fiesta.

Al llegar la noche, volví a mi cama después de varios años. Me sorprendió Mamá encendiendo la luz: había caido de la cama tras gritar “a tierra, a tierra…”. Lloramos, abrazados, mientras ella me consolaba

Maglie había cambiado, mucho. Con lo que me quedaba de dinero compré camisa y pantalón.

Los alimentos seguían bajo racionamiento y eran insuficientes. Pronto me di cuenta que no podría conseguir trabajo en mis pagos y decidí probar en Roma. Mi familia insistía en que iba a ser todo más difícil para mí.





EN BUSCA DEL DESTINO

Me alejé una fría mañana de otoño, siete años después de haber sido llevado a la guerra.

Roma me asombró. Al desandar sus calles volví a las imágenes que nos inculcaron en las aulas, a la majestuosidad y encanto de la histórica capital.

No tuve suerte en la búsqueda de empleo. Con un plato rico y abundante de fideos que me ofrecieron en una agrupación católica, me encaminé a pasar la noche a la estación ferroviaria.

Durante tres días traté de conseguir algún empleo. Finalmente, averigüé por el tren de vuelta a Lecce. Los vagones estaban repletos y tuve que buscar lugar en los fuelles que unen los coches. El frío era insufrible. Forcé la entrada al vagón contiguo y pude acurrucarme en el valijero.

No había pasado más de una hora cuando sentí un golpe muy fuerte y caí sobre los pasajeros. El tren había chocado. Nos obligaron a descender en pleno campo. Alcancé a ver que el impacto hizo que el fuelle donde accedí de entrada había desaparecido, aplastado entre vagones. Me di cuenta que los que estaban conmigo no habrían podido sobrevivir.

Renacieron las emociones al volver a casa. Pero las penurias no habían desaparecido. Ningún porvenir asomaba en el horizonte. Era todo monotonía y pesar. Decidí mudarme.

En mi nueva residencia encontré a la novia y madre de mis hijos.

En el 52, celebramos en Maglie el cumpleaños de mi querida Palmira. En medio de la cálida reunión pedí leer un poema que le dedicaba a la agasajada. Era fruto del esfuerzo de componer un acróstico:



Desiderio di baci e di carezza

E la tua bocca ed il roseo viso

Bella tu sei per chi ti ama

E inseme costruiremo il nostro nido



Nitida e pura tu sei come la neve

Esile e profumata come un fiore

Darai per chi ti vuole tanto bene

Eternamente amore amore



Tenera tu sei nel tuo bel fare

Tutto l’amore tuo e casto e puro

Orgoglio sento in me que fa sognare

Perenne sará el mio amore vero e puro


Amore tu chiedi e te lo dono

Luce tu sei Della mi avita

Madre tu sarai e questo e il tuo bel dono

Amarci sinceramente per la vita


Después del casamiento fui confiado y perseverante. El camino lo encontré en un libro, “Corazón”. Y al leer “De los Apeninos a los Andes” imaginé que conocería ese inmenso País, Argentina, donde hallaría paz y trabajo.

El anhelo se realizó.